Una intención estética con la Palabra

Blog creado por Alberto Peyrano
© 2010, Buenos Aires (Argentina)


Mostrando entradas con la etiqueta Clásicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Clásicos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de enero de 2014

ALVARO YUNQUE (Argentina)


ORO CÁLIDO

Yo, poeta sin dinero
esta mañana de estío;
me echo a andar por la avenida
que llena de oro un sol lindo.

Y, oh sol, me lleno de tu oro
las manos y los bolsillos,
yo, que sin un sólo cobre,
salí esta alborada exiguo,
sol, me hallo por tu oro pleno
de ilusión y salud: ¡Rico!
Oro de sol, cálido oro,
oro de sol encendido:
a ti nadie te acapara,
no hacen monedas contigo.
En la Bolsa no eres nadie,
en el banco eres un mito
y en las casas de comercio
un intruso entrometido.
Éntrate, oh sol, oro cálido
por nariz, ojos y oídos,
llena el pecho de los hombres
y hazlos buenos y verídicos.
Éntrate oh sol, sol de oro,
limpia, más que su bolsillo,
limpia su alma de la roña
del otro oro, oro frío.
Dadles salud e ilusiones;
y hazlos, como a mí, tan ricos
que canto y corro contento,
sin un cobre en los bolsillos.

¡Échate sobre estos hombres
flacuchos y pequeñitos;
llénales de ideas, sangre,
músculos y amor: Sol lindo,
vuelve a amasar estas sombras
y haz otra vez hombres vivos,
oh, sol de oro, oro cálido
de esta mañana de estío!

Álvaro Yunque
(La Plata 1889 - Tandil 1982)

lunes, 9 de septiembre de 2013

Eliphas Lévi (Francia)


LA CIENCIA FATAL

La Esfinge esta sentada en su roca solitaria,
proponiendo un enigma en toda frente prosternada,
y si el rey futuro cedía al misterio,
el monstruo decía: ¡ muere, no adivinaste en absoluto!
Sí, para el hombre aquí abajo, la vida es un problema,
que resuelve el trabajo bajo guadaña de la Muerte.
Del futuro, para nosotros, la fuente está en nosotros mismos,
y el cetro del mundo pertenece a más mucho.
¡Sufrir es trabajar, es acabar su tarea!
¡Desgracia al perezoso que duerme sobre el camino!
El dolor, como un perro, muerde los talones del cobarde
que de un solo día perdido sobrecarga el día siguiente.
Vacilar, es morir; equivocarse, es un crimen
previsto por la naturaleza y por anticipado expiado.
El ángel mal liberado recae sobre el abismo,
¡Reino y desesperación de Satanás fulminado!
Dios jamás tiene lástima ni de clamores ni lágrimas,
¿Para consolarnos totalmente no tiene el futuro?
Es a nosotros quienes de la desgracia forjamos las armas,
¡Es a nosotros a quienes encargó del cuidado de castigarnos!
Para dominar a la muerte, hay que vencer la vida,
hay que saber morir para revivir inmortal;
hay que pisotear la naturaleza esclavizada.
¡Para convertir al hombre en sabio y la tumba en altar!
De la Esfinge, la última palabra es la hoguera de Alcide,
es el rayo de Edipo y la cruz del Salvador.
Para engañar los esfuerzos de la serpiente deicida,
¡hace falta al santo amor consagrar el dolor!
La frente de hombre de la Esfinge habla de inteligencia,
sus ubres de amor, sus garras de combates;
sus alas son la fe, el sueño y la esperanza,
¡y sus costados de toro el trabajo aquí abajo!
Si sabes trabajar, creer, gustar, defenderte,
si por necesidades viles no eres encadenado,
si tu corazón sabe querer y tu espíritu comprender,
¡Rey de Tebas, adiós! ¡ Tú he aquí coronado!

Eliphas Lévi (1810-1875)
.

lunes, 11 de marzo de 2013

Torquato Tasso (Italia)


A UN GRACIOSO JOVENCITO

Como llamarte a ti, divinidad o mortal? 
Tu que eres bendecido con ese hermoso semblante 
divino, y es divino el amor hecho constante, 
que, por anidar en mí, dispone el alma.

Amor cierto es, espíritu de amor, y tal, 
que me convierto en amoroso amante, 
y el corazón, que semejaba al  rígido diamante, 
languidecer me siento en cada pulso.

Actúa en mí, que puedo ser, flecha o saeta:
enlázame en cada nudo: y si me desafía, 
tornarme puedo, en la audaz espada de Marte.

Yo cuestiono tu guerra, o tu otra paz: 
reinaré sobre ella; pero la querida 
tu Psiche en la lejanía me sonríe

Torquato Tasso (1544-1595)

Imagen: Torso de Efebo (Edmundo Prati, Museo Juan M. Blanes, Uruguay)
.

martes, 5 de marzo de 2013

Safo de Lesbos (Grecia)

A AFRODITA

¡Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
hija de Zeus, inmortal, dolosa:
no me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!
Antes acude como en otros días,
mi voz oyendo y mi encendido ruego;
por mí dejaste la del padre Jove
alta morada.
El áureo carro que veloces llevan
lindos gorriones, sacudiendo el ala,
al negro suelo, desde el éter puro
raudo bajaba.
Y tú ¡Oh, dichosa! en tu inmortal semblante
te sonreías: ¿Para qué me llamas?
¿Cuál es tu anhelo? ¿Qué padeces hora?
—me preguntabas—
¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
¿A quién pretendes enredar en suave
lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
mísera Safo?
Que si te huye, tornará a tus brazos,
y más propicio ofrecérete dones,
y cuando esquives el ardiente beso,
querrá besarte.
ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple,
liberta el alma de su dura pena;
cual protectora, en la batalla lidia
siempre a mi lado.

Safo de Lesbos (612 AC - 570 AC)

martes, 28 de febrero de 2012

Evaristo Carriego (Argentina)


RATOS BUENOS

Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos
reviven en las noches de verano!...
Se queja una guitarra allá a lo lejos
y mi vecina hace reír al piano.

Escucho, fumo y bebo en tanto el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
el cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía...

...¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea...

¡Qué bien se está cuando el ensueño, en una
tranquila plenitud, se ve tan vago!...
¡Oh, quién pudiera diluir la luna
y beberla en la copa, trago a trago!

Todo viene apacible del olvido
en una caridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.

¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!

Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza;
en el fondo del vaso, poco a poco,
se ha dormido, borracha, la tristeza...

Evaristo Carriego (1883-1912)

lunes, 13 de febrero de 2012

Alberto Rojas Jiménez (Chile)


CARTA-OCÉANO
(Fragmento)

Yo era el poeta vestido de niño
en el año triste en que los niños rompen las flores.
Ningún hombre me dijo nunca que debía cantar.
Corría la luna por detrás de las nubes.
El sol quemaba los frutos y el lomo de los cerros.
Mis manos buscaban luciérnagas
en la sombría humedad del invierno (…)

Infancia triste rayada de oraciones.
En la noche el galope de los caballos
amedrentaba mi sueño, y el sol tardaba en llegar.
Hubo una vez un circo.
Una mujer verde se balancea en mi memoria
colgada de un trapecio.
Admiré los peces dorados en el agua de plata.
Lloraban los campanarios al caer de las tardes.
Hay un volantín dormido en el cielo de mi infancia.

Adolescencia acodada al marco de las ventanas,
comenzó por entonces la canción que hoy continúo.
Era la vieja historia del arcoiris y la palabra amor.
Vi cruzar sin asombro el primer aeroplano
y subí sobre mi casa para tomarlo en las manos.
Era la edad doliente del deseo y la espera.
Vestido de negro acompañé el primer funeral.
Entonces vieron mis ojos el retrato de los héroes
adornando las vidrieras de todas las farmacias.
La casa se llenó de convidados.
Escribí la primera carta.
Me llevaron hasta un puerto para mostrarme el mar.

Alberto Rojas Jiménez (1900-1934)
.

viernes, 3 de febrero de 2012

Ezequiel Martínez Estrada (Argentina)


EL MATE

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

El mate es como un diálogo
con pausas que llenar.
(Darío lo ha llamado
calumet de la paz)
Niño que se ha dormido
cansado de llorar.
Y aún suspira, la lluvia
cae sobre la ciudad.

El brasero sus brasas
aviva fraternal
y como en la charada
llena todo el hogar.
De ti a mí, mano a mano
el mate viene y va.

Nos quedamos callados
mirando sin mirar
un cuadro, un libro abierto,
un reflejo fugaz.
Tenemos una pena
como de soledad;
nos falta un hijo y algo
que no tendremos ya.
El reloj da la hora
de la serenidad
y grano a grano cuenta
arenas en el mar.
La lluvia se diría
que liquida el cristal,
El brasero calienta
el frío del hogar.

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

Hace poco perdimos
un amigo ejemplar,
perdimos un hermano
de exquisita bondad
Se le escapó la vida
antes de comenzar
Presente en el silencio
sabemos bien que está,
pero callamos porque
no podemos hablar.

Tú principiaste un cuadro,
yo un libro; y ahí están
sin terminar las manos
la estrofa sin final
De ti a mí, mano a mano
el mate viene y va.

Llevamos siete años
de vida conyugal
y nuestro amor reclina
su frente en la amistad.
De los viejos proyectos
casi no hablamos más;
hay algo que nos dice
de un fracaso brutal.
Nos miramos con pena
durmiendo sin soñar;
nos ha engañado el sueño,
ya no soñamos más.

De ti a mí, mano a mano
el mate viene y va;
viene a mí fervoroso,
casi frío a ti va.

No hay más luz que las brasas
ni más calor quizás.
Mi cigarrillo quema
sustancia sideral
y como se ve poco
no nos vemos llorar.

Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964)
Imagen: Ezequiel Martínez Estrada y su esposa, Agustina.

sábado, 14 de enero de 2012

León de Greiff (Colombia)


CANCIÓN DE DINARZADA

Tú fuiste mía, ardiente Dinarzada:
todo tu ser se le entregó a mi ruego!
todo tu ser se le rindió a mi Nada!
todo tu fuego se fundió en mi fuego!

Tú fuiste mía, ardiente Dinarzada!

Ya qué me importa el torvo rumbo ciego!
Es lumbre para mí la desolada
llanura yerma! Alígero navego
bajo la tempestad desmelenada!

Todo tu fuego se fundió en mi fuego!

Tu grande corazón, tu alma extasiada,
tu espíritu finísimo, a mi ruego
se rindieron: donáronse a mi Nada!
Noche: en tus brazos únicos me entrego,
Dinarzada sutil, noche soñada...

Tú fuiste mía, ardiente Dinarzada!
Todo tu fuego se fundió en mi fuego!

León de Greiff (1895-1976)

lunes, 9 de enero de 2012

Rafael de León (España)



ROMANCE POR FEDERICO

I

Lo mataron en Granada,
una tarde de verano
y todo el cielo gitano
recibió la puñalada...

Sangre en verso derramada,
poesía dulce y roja
que toda la vega moja
en amargo desconsuelo
«sin paño de terciopelo
ni cáliz que la recoja».

(Por cielos de ceniza
se va el poeta;
la frente se le riza
como veleta.
Toda Granada
es una plazoleta
deshabitada)

II

«Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos».
En la palma de sus manos
como un niño lo traían...

Las mujeres se rompían
los volantes de la enagua,
y el Darro bailaba el agua
en un triste soniquete
que sonaba a martinete
y a cante grande de fragua...

(¡Encended los faroles;
romped el velo;
cantad por "caracoles",
que viene el duelo!
¡Como una espada,
llevadlo, así, entre "oles"
por su Granada)

III

No te vayas buen amigo
quédate aquí con nosotros;
están soltando los potros
junto a lo verde del trigo...

Están soñando contigo
temblando de calentura,
gitanas de piel oscura
y brillante cabellera
y hay una boca que espera
morderte labio y cintura...

(Desnúdate deprisa,
que vengo herido;
quédate con la risa
como vestido...
Quiero beberte
y que luego dormido
venga la muerte...)

IV

«Rosa de los Camborios
gime sentada a la puerta»
medio viva y medio muerta
entre paños mortuorios.

A la luz de los velorios,
con pena de jazmín chico,
cual dos palomas sin pico
muestra sus pechos helados,
heridos y acuchillados
lo mismo que Federico.

(¡Que doble, bronce y plata,
la Vela, Vela,
que se ha muerto la nata
de la canela!
Mi bien amado
de limón y ciruela
va amortajado...)

V

«Ignacio Sánchez Mejías
con toda su muerte al hombro»
sale pálido de asombro
a las barandas sombrías...

Todas las ganaderías
mugen a la misma hora
y en el filo de la aurora,
junto a los bravos erales,
sobre el mar de los trigales,
la brisa también lo llora...

(¡Ignacio, dame el vaso
con el ungüento;
no puedo dar un paso,
ya no me siento!
Quiero abrazarte,
pero me ciega un viento
de parte a parte...)

VI

Dentro de su traje oscuro
te nombra Bernarda Alba...
la tarde pinta de malva
la rosa blanca del muro.

En la calle pisa duro
un caballo sin jinete;
dan en la torre las siete
y Angustias, con voz sombría,
solloza un Ave María
derrumbada en el poyete.

(Por la tapia del huerto
te llamé en vano...
—¡Dime que no está muerto
Pepe, el Romano!—
Ciego de zambra,
con un Ángel gitano
va por la Alhambra...)

VII

—¿De quién es ese lamento
que sobre la noche rueda?...
—De Marianita Pineda,
que está bordando en el viento...

Con hilos de sentimiento,
a la vez que borda y canta
y con mano fina planta
entre sangrientos jardines
una rosa de carmines
que enjoyará su garganta...

(¿Qué bordas, Marianita,
sobre esa tela?
La flor para una cita
que me desvela...
¡En seda cuaja
lo que Granada grita
que es su mortaja...)

VIII

«¡Hijo con un cuchillito
que apenas cabe en la mano»,
de tu romance gitano
cortaron la flor del grito!

¡Ay, qué dolor infinito
de pedernal y de rosa;
voy y vengo como loca
sin que consolarme pueda
porque ni un hijo me queda
para llevarme a la boca!

(Aquel traje de pana
que se ponía...
Aquella faja grana
que se ceñía...
¡Tanto cuidarlo,
y una flor de canana
para matarlo!).

IX

Desde su balcón volado,
pálida, triste y mocita,
te llama Doña Rosita,
con el aliento apagado...

Un heliotropo morado
le acuchilla las ojeras
y corta con sus tijeras
adormecidas de herrumbre
su corazón hecho lumbre
por cincuenta primaveras...

(¿Quién cambió los papeles
en el piano?
¿Quién secó los claveles
de mi verano...?
¡Ay, qué tormento!
¿Dónde estás, primo hermano,
que no te siento?)

X

Sobre el hoyo de la cama
donde su flor se le mustia
igual que un río de angustia
una mujer se derrama...

Llama en vano, llama y llama
al hijo que se le esconde...
—¿En qué jardines, en dónde,
hallar mi nardo de esperma...?

Grito preñado de Yerma
al que el hijo no responde...

(¡A la nana, mi niño,
que es madrugada...!
¡A la nana, cariño,
flor de Granada!
¡Si yo pudiera
quedarme embarazada
yo te pariera!)

XI

«Antonio Torres Heredia
Camborio de dura crin»,
llora al filo de la media
noche por el Albaicín...

Suena la voz de un muecín
como una fuente delgada,
y desde Sierra Nevada,
una paloma doliente,
baja a besarle la frente
al poeta de Granada...

(¿A dónde vas, amigo,
con tu secreto?
Te llevarás conmigo
voz y soneto...
¡Cómo gemía
dentro de tu esqueleto
la poesía!)

Rafael de León (1908-1982)
.

miércoles, 4 de enero de 2012

J.R.R. Tolkien (Inglaterra)


GATO

El gato, ante su plato, hace rato
que sueña: al parecer,
devora en leche y en escabeche
ratones a placer;
mas es posible que, tigre libre,
vaya vagando, cuando,
erguido y furtivo, oye un rugido:
van riñendo y bramando
sus enjutos y ajados congéneres,
guardando en su guarida
del Este, para fiesta de bestias,
gente gorda y mullida.
El enorme león grandullón,
cimitarra afilada
en la garra, y sangrientos e hirientes
dientes en la quijada;
el leopardo pardo, aquel que apresa
por sorpresa, veloz,
cayendo en vuelo del cielo al suelo,
fugaz, voraz, feroz,
allí junto al gemir de la jungla
---ahora juegan lejos,
fieros animalejos,
y él, manso y sin reflejos:
el gato, ante su plato, hace rato
que vive holgada vida.
Pero jamás olvida.

J.R.R. Tolkien (1892-1973)
de "Cuentos desde El Reino Peligroso"

Imagen: "Néstor" (Alberto Peyrano)

sábado, 3 de diciembre de 2011

William Blake (Inglaterra)


TRES POEMAS BREVES

I
PARA VER EL MUNDO...

Para ver el mundo en un grano de arena
y el Cielo en una flor silvestre,
abarca el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora.

Aquel que se liga a una alegría
hace esfumar el fluir de la vida;
aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino
vive en el amanecer de la eternidad.

II
LA ROSA ENFERMA

Estás enferma ¡oh rosa!
El gusano invisible
que vuela, por la noche,
en el aullar del viento,

tu lecho descubrió
de alegría escarlata,
y su amor sombrío y secreto
consume tu vida.

III
ETERNIDAD

Quien a sí encadenare una alegría
malogrará la vida alada.
Pero quien la alegría besare en su aleteo
vive en el alba de la eternidad.

William Blake (1757-1827)
Imagen: "Satán, Amor, Adán y Eva" de William Blake
.

sábado, 26 de noviembre de 2011

José de Espronceda (España)


LA DESESPERACIÓN

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

José de Espronceda (1808-1842)
.

martes, 15 de noviembre de 2011

Joaquín Dicenta (h) (España)


QUÉ DOLOROSO ES AMAR

Qué doloroso es amar
y no poderlo decir.
Si es doloroso saber
que va marchando la vida
como una mujer querida
que jamás ha de volver....
Si es doloroso ignorar
dónde vamos al morir,
más doloroso es amar
y no poderlo decir.

Triste es ver que la mirada
hacia el sol levanta el ciego,
y el sol lo envuelve en su fuego
y el ciego no siente nada.
Ver su pupila tranquila
a la luz indiferente
y saber que eternamente
la noche va en su pupila
bajo el dosel de su frente.
Pero si es triste mirar
y la luz no percibir
más doloroso es amar
y no poderlo decir.

Conocer que caminamos
bajo la fuerza de un sino;
recorrer nuestro camino
y no saber dónde vamos.
Ser un triste peregrino
de la vida, en el sendero
no poderse detener
por ser siempre prisionero
del amor o del deber.
Mas si es triste caminar
y no poder descansar
más que al tiempo de morir,
más doloroso es amar
y no poderlo decir.

Vivir y vivir soñando
con cosas que nunca ví
y seguir, seguir andando
sin saber por qué motivo
ni hasta cuándo....
Tener fantasía y vuelo
que pongan al cielo escalas
y ver que nos faltan alas
que nos remonten al cielo....
Mas si es triste no gozar
lo que podemos soñar,
no hay más amargo dolor
que ver el alma morir
prisionera de un amor...
y no poderlo decir.

Joaquín Dicenta (h) (1893-1967)
de la obra teatral "Leonor de Aquitania"
.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Lord Alfred Tennyson (Inglaterra)


LA DAMA DE SHALOTT

I
En las orillas del río, durmiendo,
grandes campos de cebada y centeno
visten colinas y encuentran al cielo;
a través del campo, marcha el sendero
hacia las mil torres de Camelot;
y arriba, y abajo, la gente viene,
mirando a donde los lirios florecen,
en la isla que río abajo aparece:
es la isla de Shalott.

Tiembla el álamo, palidece el sauce,
grises brisas estremecen los aires
y la ola, que por siempre llena el cauce,
por el río y desde la isla distante
fluye que fluye, hasta Camelot.
Cuatro muros grises: sus grises torres
dominan un espacio entre las flores,
y en el silencio de la isla se esconde
la dama de Shalott.

Tras un velo de sauces, por la orilla,
a las pesadas barcas las deslizan
unos lentos caballos; y furtiva,
una vela de seda traza huidiza,
surcos de espuma, hacia Camelot.
Pero ¿ quien la vio nunca saludando?
¿o en la ventana de su estudio estando?
¿o acaso es conocida en el condado
la dama de Shalott?

Sólo los segadores muy temprano,
cuando siegan ya maduros los granos,
escuchan ecos de un alegre canto
que desde el río llega, alto y claro
hasta las mil torres de Camelot:
Bajo la luna el segador trabaja,
apilando haces en las eras altas.
Escucha y murmura: “es ella, el hada,
la dama de Shalott”.

II
Ella teje una tela día y noche,
tela mágica de hermosos colores.
Ha oído murmurar un rumor, sobre
una maldición: ay como se asome
y mire lejos, hacia Camelot.
No sabe que maldición pueda ser,
ella teje y no deja de tejer,
y otra cosa no hay que pueda temer,
la dama de Shalott.

Moviéndose sobre un espejo claro
que cuelga frente a ella todo el año,
sombras del mundo aparecen. Cercano
ve ella el camino que serpenteando
conduce a las torres de Camelot;
Allí el remolino del río gira,
y descortés el aldeano grita,
y de las mozas las capas rojizas
se alejan de Shalott.

A veces un tropel de alegres damas,
un abate, al que portan con calma,
o es un pastor de cabeza rizada,
o de largo pelo y carmesí capa,
un paje se dirige a Camelot;
y a veces cruzan el azul espejo
caballeros de dos en dos viniendo:
no tiene un buen y leal caballero
la dama de Shalott.

Pero en su tela disfruta y recoge
del espejo las mágicas visiones,
y a menudo en las silenciosas noches
un funeral con plumas y faroles
y música, iba hacia Camelot:
O venían, la luna en su camino,
amantes casados de ahora mismo;
“Estoy enferma de tanta sombra”, dijo
la dama de Shalott.

III
A tiro de arco del alero de ella,
él cabalgaba entre la mies de la era;
deslumbraba el sol entre hojas nuevas,
y ardía sobre las broncíneas grebas
del valiente y audaz Sir Lancelot.
Un cruzado al que arrodillado puso
con la dama por siempre en el escudo,
brillaba en el campo amarillo, junto
la lejana Shalott.

Brillaba libre enjoyada la brida:
una rama de estrellas imprevistas
colgadas de una Galaxia amarilla.
Sonaban alegres las campanillas
mientras cabalgaba hacia Camelot:
y en bandolera, plata entre blasones,
colgaba un potente clarín. Al trote,
su armadura tintineaba, sobre
la lejana Shalott.

Bajo el azul despejado del cielo
refulgía la silla de oro y cuero,
ardía el yelmo y la pluma del yelmo,
juntas como una sola llama al viento,
mientras cabalgaba hacia Camelot:
Así en la noche púrpura se viera,
bajo cúmulos sembrados de estrellas,
un cometa, cola de luz, que llega,
a la quieta Shalott.

Su frente alta y clara, al sol brillaba;
sobre los pulidos cascos trotaba;
por debajo de su yelmo flotaban
los bucles negros, mientras cabalgaba,
cabalgaba directo a Camelot.
Desde la orilla, y desde el río,
brilló en el espejo de cristal,
“tralarí lará” cantando en el río
iba Sir Lancelot.

Dejó la tela, y dejó el telar,
tres pasos en su cuarto ella fue a dar,
ella vio el lirio de agua reventar,
el yelmo y la pluma ella fue a mirar,
y posó su mirada en Camelot.
Voló la tela, y se quedó aparte;
se rompió el espejo de parte a parte;
“la maldición vino a mi”, gritó suave
la dama de Shalott.

IV
En la tormenta que de este soplaba,
los bosques de oro pálido menguaban,
y el río ancho en su orilla los lloraba.
Un cielo negro y bajo diluviaba
encima las torres de Camelot.
Ella bajó hasta el río, y encontróse
bajo un sauce, una barca aún a flote,
y escribió, justo en la proa del bote,
“La Dama de Shalott”.

Del río a través del pequeño espacio
como un audaz adivino extasiado
y en trance, viendo ante sí su trágico
destino, y con el semblante impávido,
ella miró lejos, a Camelot.
Y cuando el día por fin se acababa,
ella se tendió, y soltando amarras,
dejó que la corriente la arrastrara,
la dama de Shalott.

Tendida, vestida de un blanco nieve
desbordando por los lados del bote
las hojas cayendo sobre ella, leves,
a través del sonido de la noche,
ella flotaba hacia Camelot.
Y mientras la afilada proa hería
los campos y las esbeltas colinas,
se oyó un cantar, su última melodía,
la dama de Shalott.

Se oyó un cantar, un cantar triste y santo
cantado con fuerza y luego muy bajo,
hasta helarse su sangre muy despacio,
por completo sus ojos se cerraron
fijos en las torres de Camelot.
Porque hasta allí llegó con la marea,
de las primeras casas a la puerta,
y cantando su canción quedó muerta,
la dama de Shalott.

Debajo la torre y la balconada
entre las galerías y las tapias
hermosa y resplandeciente flotaba,
pálida de muerte, entre las casas,
entrando silenciosa en Camelot.
Al embarcadero juntos salieron:
dama y señor, burgués y caballero,
su nombre junto a la proa leyeron,
la dama de Shalott.

¿Qué tenemos aquí ? ¿ Y qué es todo esto ?
Y en el palacio de luces y juegos
el jolgorio real tornó silencio;
Se santiguaron todos con miedo,
los caballeros, allí en Camelot:
Pero Lancelot, meditando un poco,
fue y dijo, “Ella tiene el rostro hermoso,
por gracia de Dios misericordioso,
la dama de Shalott.”

Lord Alfred Tennyson (1809-1892)
Versión de © Pedro Calafat
Imagen: "The Lady of Shalott" - John William Waterhouse (1849-1917)
.

lunes, 31 de octubre de 2011

Charles Dickens (Inglaterra)

ENCUENTRO CON LA SEÑORITA HAVISHAM


... Como no tenía más recurso que llamar a la puerta, lo hice, y entonces oí una voz que me ordenaba entrar. Por consiguiente, obedecí, encontrándome en una habitación bastante grande y muy bien alumbrada con velas de cera. Allí no llegaba el menor rayo de luz diurna. A juzgar por el mobiliario, podía creerse que era un tocador, aunque había muebles y utensilios de formas y usos completamente desconocidos para mí. Pero lo más importante de todo era una mesa cubierta con un paño y coronada por un espejo de marco dorado, en lo cual reconocí que era una mesa propia de un tocador y de una dama refinada.
Ignoro si habría comprendido tan pronto el objeto de este mueble de no haber visto, al mismo tiempo, a una elegante dama sentada a poca distancia. En un sillón de brazos y con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano correspondiente vi a la dama más extraña que jamás he visto o veré.
Vestía un traje muy rico de satén, de encaje y de seda, todo blanco. Sus zapatos eran del mismo color. De su cabeza colgaba un largo velo, asimismo blanco, y su cabello estaba adornado por flores propias de desposada, aunque aquél ya era blanco. En su cuello y en sus manos brillaban algunas joyas, y en la mesa se veían otras que centelleaban. Por doquier, y medio doblados, había otros trajes, aunque menos espléndidos que el que llevaba aquella extraña mujer. En apariencia no había terminado de vestirse, porque tan sólo llevaba un zapato y el otro estaba sobre la mesa inmediata a ella. En cuanto al velo, estaba arreglado a medias, no se había puesto el reloj y la cadena, y sobre la mesa coronada por el espejo se veían algunos encajes, su pañuelo, sus guantes, algunas flores y un libro de oraciones, todo formando un montón.
Desde luego, no lo vi todo en los primeros momentos, aunque sí pude notar mucho más de lo que se creería, y advertí también que todo lo que tenía delante, y que debía de haber sido blanco, lo fue, tal vez, mucho tiempo atrás, porque había perdido su brillo, tomando tonos amarillentos. Además, noté que la novia, vestida con traje de desposada, había perdido el color, como el traje y las flores, y que en ella no brillaba nada más que sus hundidos ojos. A1 mismo tiempo, observé que aquel traje cubrió un día la redondeada figura de una mujer joven y que ahora se hallaba sobre un cuerpo reducido a la piel y a los huesos. Una vez me llevaron a ver unas horrorosas figuras de cera en la feria, que representaban no sé a quién, aunque, desde luego, a un personaje, que yacía muerto y vestido con traje de ceremonia. Otra vez, también visité una de las iglesias situadas en nuestros marjales, y allí vi a un esqueleto reducido a cenizas, cubierto por un rico traje y al que desenterraron de una bóveda que había en el pavimento de la iglesia. Pero en aquel momento la figura de cera y el esqueleto parecían haber adquirido unos ojos oscuros que se movían y que me miraban. Y tanto fue mi susto, que, de haber sido posible, me hubiese echado a llorar.
- ¿Quién es? - preguntó la dama que estaba junto a la mesa.
- Pip, señora.
- ¿Pip?
- Sí, señora. Un muchacho que ha traído el señor Pumblechook. He venido... a jugar.
-Acércate. Deja que te vea. Ven a mi lado.
Cuando estuve ante ella, evitando su mirada, pude tomar nota detallada de los objetos que la rodeaban. Entonces vi que su reloj estaba parado a las nueve menos veinte y que el que estaba colgado en la pared interrumpió también su movimiento a la misma hora.
- Mírame - dijo la señorita Havisham -. Supongo que no tendrás miedo de una mujer que no ha visto el sol desde que naciste.
Lamento consignar que no temí decir la enorme mentira comprendida en la respuesta:
- No.
- ¿Sabes lo que toco ahora? - dijo poniendo las dos manos, una sobre otra, encima del lado izquierdo de su pecho.
- Sí, señora - contesté recordando al joven que quería arrancarme el corazón y el hígado.
- ¿Qué toco?
- Su corazón.
- ¡Destrozado!
Me dirigió una ansiosa mirada al pronunciar tal palabra con el mayor énfasis y con extraña sonrisa, en la que advertía cierta vanidad. Conservó las manos sobre su pecho por espacio de unos instantes, y luego las separó lentamente, como si le pesaran demasiado.
- Estoy fatigada - dijo la señorita Havisham -. Deseo alguna distracción, y ya no puedo soportar a los hombres ni a las mujeres. ¡Juega!
Como comprenderá el lector más aficionado a la controversia, difícilmente podría haber ordenado a un muchacho cualquiera otra cosa más extraordinaria en aquellas circunstancias.
- A veces tengo caprichos de enferma - continuó -. Y ahora tengo el de desear que alguien juegue. ¡Vamos, muchacho! - dijo moviendo impaciente los dedos de su mano derecha -. ¡Juega, juega!
Por un momento, y sintiendo el temor de mi hermana, tuve la idea desesperada de empezar a correr alrededor de la estancia imitando lo mejor que pudiera el coche del señor Pumblechook, pero me sentí tan incapaz de hacerlo, que abandoné mi propósito y me quedé mirando a la señorita Havisham con expresión que ella debió de considerar de testarudez, pues en cuanto hubimos cambiado una mirada me preguntó:
- ¿Acaso eres tozudo y de carácter triste?
- No, señora. Lo siento mucho por usted, mucho. Pero en este momento no puedo jugar. Si da usted quejas de mí, tendré que sufrir el castigo de mi hermana, y sólo por esta causa lo haría si me fuese posible; pero este lugar es tan nuevo para mí, tan extraño, tan elegante y... ¡tan melancólico!
Y me interrumpí, temiendo decir o haber dicho demasiado, en tanto que cruzábamos nuestra mirada.
Antes de que volviese a hablar apartó de mí sus ojos y miró su traje, la mesa del tocador y, finalmente, a su imagen reflejada en el espejo.
- ¡Tan nuevo para él y tan viejo para mí!-murmuró -. ¡Tan extraño para él y tan familiar para mí, y tan melancólico para los dos! Llama a Estella.
Seguía mirando su imagen reflejada por el espejo, y como yo me figurase que hablaba consigo misma, me quedé quieto.
-Llama a Estella - repitió, dirigiéndome una mirada centelleante -. Eso bien puedes hacerlo. Llama a Estella. A la puerta.
Eso de asomarme a la oscuridad de un misterioso corredor de una casa desconocida, llamando a gritos a la burlona joven, a Estella, que tal vez no estaría visible ni me contestaría, me daba la impresión de que el gritar su nombre equivaldría a tomarme una libertad extraordinaria, y me resultaba casi tan violento como empezar a jugar en cuanto me lo mandasen. Pero la joven contestó por fin, y, semejante a una estrella efectiva, apareció su bujía, a lo lejos, en el corredor.
La señora Havisham le hizo seña de que se acercase, y, tomando una joya que había encima de la mesa, observó el efecto que hacía sobre el joven pecho de la muchacha, y también poniéndola sobre el cabello de ésta.
- Un día será tuya, querida mía - dijo -. Y la emplearás bien. Ahora hazme el favor de jugar a los naipes con este muchacho.
- ¿Con este muchacho? ¡Si es un labriego!
Me pareció oír la respuesta de la señorita Havisham, pero fue tan extraordinaria que apenas creí lo que oía.
- Pues bien - dijo -, diviértete en destrozarle el corazón.
- ¿A qué sabes jugar, muchacho? - me preguntó Estella con el mayor desdén.
Contesté indicando el único juego de naipes que conocía, y ella, conformándose, se sentó ante mí y empezamos a jugar.
Entonces fue cuando comprendí que todo lo que había en la estancia, a semejanza del reloj, se había parado e interrumpido hacía ya mucho tiempo. Noté que la señorita Havisham dejó la joya exactamente en el mismo lugar de donde la tomara. Y mientras Estella repartía los naipes, yo miré otra vez a la mesa del tocador, y allí vi el zapato que un día fue blanco y ahora estaba amarillento, pero sin la menor señal de haber sido usado. Miré al pie cuyo zapato faltaba y observé que la media de seda, que también fue blanca y que ahora era de color de hueso, quedó destrozada a fuerza de andar; y aun sin aquella interrupción de todo y sin la inmóvil presencia de los pálidos objetos ya marchitos, el traje nupcial sobre el cuerpo inmóvil no podría haberse parecido más a una vestidura propia de la tumba, ni el largo velo más semejante a un sudario.
Así estaba ella inmóvil como un cadáver, mientras la joven y yo jugábamos a los naipes. Todos los adornos de su traje nupcial parecían ser de papel de estraza. Nadie sabía entonces de los descubrimientos que, de vez en cuando, se hacen de cadáveres enterrados en antiguos tiempos y que se convierten en polvo en el momento de aparecerse a la vista de los mortales; pero desde entonces he pensado con frecuencia que tal vez la admisión en la estancia de la luz del día habría convertido en polvo a aquella mujer.
- Este muchacho llama mozos a las sotas - dijo Estella con desdén antes de terminar el primer juego -. Y ¡qué manos tan ordinarias tiene! ¡Qué botas!
Hasta aquel momento, jamás se me ocurrió avergonzarme de mis manos, pero entonces empecé a considerarlas de un modo muy desfavorable. El desprecio que ella me manifestaba era tan fuerte que no pude menos de notarlo. Ganó el primer juego y yo di. Naturalmente, lo hice mal, sabiendo, como sabía, que esperaba cualquier torpeza por mi parte. Y, en efecto, inmediatamente me calificó de estúpido, de torpe y de destripaterrones.
- Tú no dices nada de ella - observó dirigiéndose a mí la señorita Havisham mientras miraba nuestro juego -, Ella te ha dicho muchas cosas desagradables, y, sin embargo, no le contestas. ¿Qué piensas de ella?
-No quiero decirlo-tartamudeé.
- Pues ven a decírmelo al oído - ordenó la señorita Havisham inclinando la cabeza.
- Me parece que es muy orgullosa - dije en un murmullo.
- ¿Y nada más?
- También me parece muy bonita.
- ¿Nada más?
- La creo muy insultante - añadí mientras la joven me miraba con la mayor aversión.
- ¿Y nada más?
- Creo que debería irme a casa.
- ¿Y no verla más, aun siendo tan bonita?
- No estoy seguro de que no desee verla de nuevo, pero sí me gustaría irme a casa ahora.
-Pronto irás - dijo en voz alta la señorita Havisham-. Acaba este juego.
Si se exceptúa una leve sonrisa que observé en el rostro de la señorita Havisham, habría podido creer que no sabía sonreír. Asumió una expresión vigilante y pensativa, como si todas las cosas que la rodeaban se hubiesen quedado muertas y ya nada pudiese reanimarlas. Se hundió su pecho y se quedó encorvada; también su voz habíase debilitado, de manera que cuando hablaba, su tono parecía ser mortalmente apacible. Y en conjunto tenía el aspecto de haberse desplomado en cuerpo y alma después de recibir un tremendo golpe.
Terminé aquel juego con Estella, que también me lo ganó. Luego arrojó los naipes sobre la mesa, como si se despreciase a sí misma por haberme ganado.
- ¿Cuándo volverás?-preguntó la señorita Havisham-. Espera que lo piense.
Yo empecé a recordarle que estábamos en miércoles, pero me interrumpió con el mismo movimiento de impaciencia de los dedos de su mano derecha.
- ¡Calla, calla! Nada sé ni quiero saber de los días de la semana, ni de las semanas del año. Vuelve dentro de seis días. ¿Entiendes?
- Sí, señora.
-Estella, acompáñale abajo. Dale algo de comer y déjale que vaya de una parte a otra mientras come. Vete, Pip.
Seguí la luz al bajar la escalera, del mismo modo como la siguiera al subir, y ella fue a situarse en el mismo lugar en que encontramos la bujía. Hasta que abrió la entrada lateral, pude imaginarme, aunque sin pensar en ello, que necesariamente sería de noche, y así el torrente de luz diurna me dejó deslumbrado y me dio la impresión de haber permanecido muchas horas a la luz de la bujía.

Charles Dickens (1812-1870)
de "Grandes esperanzas" (Fragmento del Capítulo VIII)

Imagen: fotograma del film "Great Expectations" (1946) dirigido por David Lean. El personaje de Miss Havisham interpretado por Martita Hunt.
.

Pablo de Rokha (Chile)


CANTO DEL MACHO ANCIANO
(Fragmento)

..... Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro,
o enarbolando el gran anillo matrimonial herido
.......... a la manera de palomas que se deshojan
.......... como congojas,
escarbo los últimos atardeceres.

..... Como quien arroja un libro de botellas tristes
.......... a la Mar-Oceáno
o una enorme piedra de humo echando sin embargo
.......... espanto a los acantilados de la historia
o acaso un pájaro muerto que gotea llanto,
voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito
contra la muralla negra.

..... Y como ya todo es inútil,
como los candados del infinito crujen en goznes
..........mohosos,
su actitud llena la tierra de lamentos.

..... Escucho el regimiento de esqueletos del gran
.......... crepúsculo,
del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco
.......... de los enfurecidos ancianos,
la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada,
el arriarse descomunal de todas las banderas,
.......... el ámbito terriblemente pálido
de los fusilamientos, la angustia
del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas,
.......... a quinientas leguas abiertas
del campo de batalla, y sollozo como un pabellón
.......... antiguo.

..... Hay lágrimas de hierro amontonadas, pero
por dentro del invierno se levanta el hongo infernal
.......... del cataclismo personal, y catástrofes
.......... de ciudades
que murieron y son polvo remoto, aúllan.

...... Ha llegado la hora vestida de pánico
en la cual todas las vidas carecen de sentido,
.......... carecen de destino, carecen de estilo y de
.......... espada,
carecen de dirección, de voz, carecen
de todo lo rojo y terrible de las empresas
.......... o las epopeyas o las viviendas ecuménicas,
que justificarán la existencia como peligro y como
.......... suicidio; un mito enorme,
equivocado, rupestre, de rumiante
fue el existir; y restan las chaquetas solas del
.......... ágape inexorable, las risas caídas
.......... y el arrepentimiento invernal de los excesos,
en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo
......... y de demonio,
cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía
.......... las mujeres que quería
y un revólver de hombre a la cintura.

..... Faltan las glándulas
y el varón genital intimidado por el yo rabioso,
.......... se recoge a la medida del abatimiento
.......... o atardeciendo
araña la perdida felicidad en los escombros;
el amor nos agarró y nos estrujó como a limones
.......... desesperados,
yo ando lamiendo su ternura,
pero ella se diluye en la eternidad, se confunde
.......... en la eternidad, se destruye en la eternidad
.......... y aunque existo porque batallo y "mi poesía
.......... es mi militancia",
todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando
.......... desde la otra orilla.

.... Busco los musgos, las cosas usadas y
.......... estupefactas,
lo postpretérito y difícil, arado de pasado
.......... e infinitamente de olvido, polvoso y mohoso
.......... como las panoplias de antaño, como
.......... las familias de antaño, como las monedas
.......... de antaño,
con el resplandor de los ataúdes enfurecidos,
el gigante relincho de los sombreros muertos,
.......... o aquello únicamente aquello
que se está cayendo en las formas
el yo público, la figura atronadora del ser
que se ahoga contradiciéndose.

..... Ahora la hembra domina, envenenada,
y el vino se burla de nosotros como un cómplice
.......... de nosotros, emborrachándonos, cuando nos
.......... llevamos la copa a la boca dolorosa,
acorralándonos y aculatándonos contra nosotros
.......... mismos como mitos.

..... Estamos muy cansados de escribir universos
.......... sobre universos
y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón
.......... adolescente, se arrastra
como una pobre puta envejeciendo;
sabemos que podemos escalar todas las montañas
.......... de la literatura como en la juventud heroica,
.......... que nos aguanta el ánimo
el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo
.......... yo,
definitivamente viudo, definitivamente solo,
.......... defnitivamente viejo, y apuñalado de
.......... padecimientos,
ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme,
el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad
.......... y la naturaleza me abruma;
¿qué les sucede a los ancianos con su propia
.......... ex combatiente sombra?
se confunden con ella ardiendo y son fuego
.......... rugiendo sueño de sombra hecho de sombra,
lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando
.......... sombra sobre sombra.

..... Viviendo del recuerdo, amamantándome
del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar
.......... a la gran soledad de la adolescencia,
padre y abuelo, padre de innumerables familias,
raguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda
.......... la desesperación
en la que todos están muertos entre muertos,
y la más amada de las mujeres, retumba en
.......... la tumba de truenos y héroes
labrada con palancas universales o como bramando.

..... ¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos
.......... de aquestos pellejos ardiendo?
porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando
.......... lo hicimos todo, lo quisimos todo,
.......... lo pudimos todo y se nos quebraron
.......... las manos,
las manos y los dientes mordiendo hierro con
.......... fuego;
y ahora como se desciende terriblemente de
.......... lo cuotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd,
desbarrancándonos como peñascos o como caballos
......... .mundo abajo,
vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco
.......... midiendo el derrumbamiento general,
calculándolo, a la sordina,
y de ahí entonces la prudencia que es la derrota
.......... de la ancianidad;
vacías restan las botellas,
gastados los zapatos y desaparecidos los amigos
.......... más queridos, nuestro viejo tiempo, la época
y tú, Winétt, colosal e inexorable.

..... Todas las cosas van siguiendo mis pisadas
.......... ladrando desesperadamente,
como un acompañamiento fúnebre, mordiendo
.......... el siniestro funeral del mundo, como
.......... el entierro nacional
de las edades, y yo voy muerto andando.
.......... Infinitamente cansado, desengañado, errado,
con la sensación categórica de haberme equivocado
.......... en lo ejecutado o desperdiciado
.......... o abandonado o atropellado al avatar del
.......... destino
en la inutilidad de existir y su gran carrera
.......... despedazada;
comprendo y admiro a los líderes,
pero soy el coordinador de la angustia del universo,
.......... el suicida que apostó su destino a la baraja
de la expresionalidad y lo ganó perdiendo
.......... el derecho a perderlo,
el hombre que rompe su época y arrasándola, le da
.......... categoría y régimen,
pero queda hecho pedazos y a la expectativa;
rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo
.......... de piedra,
anhelo ya la antigua plaza de provincia
y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y
.......... la retreta apolillada en los extramuros.

..... Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,
¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo
.......... siempre y el vendaval desenfrenado que
.......... yo soy íntegro, se asocie
a la personalidad popular del huracán!

..... A la manera de la estación de ferrocarriles,
mi situación está poblada de adioses y de ausencia,
.......... una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueño y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que
.......... pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.

..... El aventurero de los oceános deshabitados,
el descubridor, el conquistador, el gobernador
.......... de naciones y el fundador de ciudades
.......... tentaculares,
como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil
.......... o trocando en el escarnio celestial del
.......... vocabulario
espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del
.......... canto
al soñador que arrastraría adentro del pecho
......... .universal muerto, el cadáver de un conductor
......... .de pueblos,
con un bastón de mariscal tronchado y echando
.......... llamas.

Pablo de Rokha (1894-1968)
.

lunes, 17 de octubre de 2011

Carlos Pezoa Véliz (Chile)


TARDE EN EL HOSPITAL

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

Carlos Pezoa Véliz (1879-1908)
.

domingo, 16 de octubre de 2011

HOMENAJE A LAS MADRES, EN SU DÍA


BIEN PUDIERA SER

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer...
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna... Ah, bien pudiera ser...

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero, se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

Alfonsina Storni (1892-1938)
.

martes, 20 de septiembre de 2011

Giovanni Pascoli (Italia)


EL NÁUFRAGO (IL NAUFRAGO)

El mar, en la oscuridad, se hizo maligno. ¡Gritaba
bajo el crujido del fulgor! Ahora,
aquí y allá, brilla su espuma rosada.

Lejos de él, ahora su espuma se dora
en torno a montones de algas. Se derrama
el hálito salado de la nueva aurora.

Van y vienen en un susurro las olas.
Parece que una sube después de la otra
para ver mejor. Y una pregunta, y la otra
responde, espiando entre aquellos montones de algas.

II
¿Quién es? No sé. ¿Quién eres? ¿Qué haces? Nada más.
¿Duerme? No sé. Sí: no se mueve. Y el mar
perennemente se mece delante de él.

Sin darnos cuenta besamos tus ojos abiertos.
¿Qué miras? ¿El viento ha destrozado la nave?
El viento vano que, si existe, ¿ni aparece?

¿Y tú quién eres? Nosotras, casi dóciles esclavas,
nos movemos juntas, morimos aquí juntas
con suave queja...
Somos olas, ola que canta, ola que gime...

III
Tú miras triste. ¡Y entonces era quizás
tuya la voz que parecía maldecir
en plena noche en medio de la tempestad!

Somos olas soberbias, olas sumisas.
Olas y nada más. ¡Es tanta el agua del mar!
Existimos en un instante, y ya nunca más somos las mismas.

Yo soy aquella que se estrelló allá.
Y yo soy aquella que está estrellándose allá.
La ola que gime ahora está allá arriba, canta;
la ola que ríe, llora a tus pies.

IV
Somos aquello que tú eres: no somos.
La sombra del movimiento somos. ¿Y hay olas
también entre ustedes, hijos del rojo Adán?

No hay. Es el viento que agita, confunde,
mezcla, alza, baja; es el viento
que nos aplasta contra los roqueríos y rueda hacia la orilla.

¡Paz! ¡Paz! Volvió la bonanza.
¡Paz! Volvió la serenidad.
Tú duermes y parece que en sueños abres los brazos.
¡Olas! ¡Olas! Ola que va, ola que viene...

Giovanni Pascoli (1855-1912), de "Nuovi Poemetti"

Versión de © Rosemarie Heyn & Lorenzo Peirano (Chile)
.

lunes, 19 de septiembre de 2011

José Ángel Buesa (Cuba)


LA SED INSACIABLE

Decir adiós... La vida es eso.
Y yo te digo adiós, y sigo...
Volver a amar es el castigo
de los que amaron con exceso.

Amar y amar toda la vida,
y arder y arder en esa llama.
Y no saber por qué se ama...
Y no saber por qué se olvida...

Coger las rosas una a una,
beber un vino y otro vino,
y andar y andar por un camino
que no conduce a parte alguna.

Sentir más sed en cada fuente
y ver más sombra en cada abismo,
en este amor que es siempre el mismo,
pero que siempre es diferente.

Porque en el sordo desacuerdo
de lo soñado y lo vivido,
siempre, del fondo del olvido,
nace la muerte de un recuerdo.

Y en esta angustia que no cesa,
que toca el alma y no la toca,
besar la sombra de otra boca
en cada boca que se besa...

José Ángel Buesa (1910-1982)
.