Una intención estética con la Palabra

Blog creado por Alberto Peyrano
© 2010, Buenos Aires (Argentina)


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viernes, 21 de octubre de 2011

Lenamais (Brasil)


EL ESCONDITE DE NUESTROS BESOS

Una casa encantada
nos guarda un secreto...
la magia de los besos
con mezcla de sabores cada día.
Sorpresa y encanto nos rodea,
la mirada brillante se marea
mientras los cuerpos se estremecen
al sentir un dulce diferente:
sabor de pera rubia,
sabor de café fuerte,
sensualidad de la cereza
que nos pone como niños,
sumada al perfume de las flores
y el vino aturdidor
que traes en los labios
y que embriaga...
haciéndonos flotar...
Surge el día y me sorprendes
con un beso con sabores de la cena
un beso sellado
tropical y caliente
que nos invita a brindar
Y cuando la noche hace su arribo,
los gustos cambiamos
pues llega el burbujeo del champagne
al son de un tintinear...
Una suave cantiga murmura
el deseo de más besos...
el calor de tu cuerpo en el mío...
y el delirio de nuevo comienza...
Todo es mágico en este nido,
donde guardamos sabores, perfumes y deseos
secretos, que los versos del poeta
sueltan al aire matizados de colores
y se elevan en arcoiris
sin que los podamos alcanzar.
Desde la terraza, contemplamos
un nuevo amor que está llegando...

© Lenamais
Versión en castellano: © Alberto Peyrano
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jueves, 24 de febrero de 2011

Jane Botti (Brasil)



PROPUESTA

Sigue mi destino
aunque la
tempestad
de mi alma
se anticipe
te confunda
y te haga desistir
antes del fin.

Finje conocer
mi camino
aunque el desierto
sea el rumbo incierto
y que de verdad
solamente exista
mi leyenda
en llagas.

Marca y demarca
mi territorio
aunque la corrosión
sea el doble rostro
de mi cobarde
corazón.

Tráeme el mañana
aunque la certeza
sea la duda
embebida en la soledad
de mi cuerpo
poblado por
deseos y pasiones.

© Jane Botti
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viernes, 3 de septiembre de 2010

Antonieta Elias Manzieri (Brasil)


RENACER DE LAS CENIZAS


Ser poeta es tener un poco
de sanidad y de loco;
al despojarse el alma sin pudor
cuando habla de amor.

Es divagar, despacio... Lentamente...
En busca de la rima para hacer sus versos.
Es revelar lo que siente en el alma latente,
cuando emergen sus sueños inmersos.

Es tener coraje de decir en dulces rimas,
muchas veces, aun en tono jocoso,
lo que los otros no siempre admitem
temiendo el ridículo,
avergonzados de sus sueños.

Ser poeta es desvelar el alma humana.
Saber leer entre líneas lo que la boca no dice.
Es llorar su dolor jugando con las rimas,
haciendo creer que su alegría bendice.

Es descubrir cada dia la magia en nueva rima.
En las cosas más simples, lo cotidiano, o en las heridas.
Y hasta cuando el dolor no está lejos,
y se le acerca,
él lo ignora, escribe un verso y todo parece un juego!

Es buscar tal vez, como única recompensa,
ver su obra respetada por quien lo lea.
Es para el poeta, creo, una gran ofensa,
la omisión de su nombre
cuando alguien su obra transcribe.

Ser poeta es mucho más, es ir más allá!
Es revelar su amor aún profano.
Es renacer de las cenizas con cada desengaño,
para alimentar la llama que en su pecho clama.

© Antonieta Elias Manzieri


versión en español: © Alberto Peyrano
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martes, 31 de agosto de 2010

Ligia Tomarchio (Brasil)


DESPEDIDA SIN ABRAZOS

Herida en las entrañas,
insignificante, me recogí.
Escondidas, la lágrimas brotaban...
aun con el fétido aroma
de las heridas expuestas.

Traicionada,
en lamentos profanos
disculpas no esperé.

De la luna,
compañera de tantos tormentos,
aliento recibí,
retrocediendo me acosté.

Magullada,
contrita permanecía
conciente de las convicciones adquiridas.
Preocupados rayos de sol
rozaron mi rostro y recé.

Me indagué
porsternada junto al mar
mi mirada imantada por el sol
irguióse en súplica...

El corazón partido no disculpa
ni atenúa la culpa
de quien, partiendo,
su abrazo ha negado.

Me entregue yo a las aguas gélidas
así como mi cuerpo está.
En mi último e indoloro suspiro
susurro tu nombre...

© Ligia Tormarchio

Versión en castellano: © Alberto Peyrano
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jueves, 15 de julio de 2010

Clarice Lispector (Brasil)


FELICIDAD CLANDESTINA

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector (1920-1977)
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lunes, 5 de julio de 2010

Mary Trujillo (Brasil)


ÚLTIMO ACTO...

Hay en mí un inmenso y caudaloso río
que se despeña, inundando mi mirada...
Labios mordidos sofocan las palabras...
Que resolví no decir pues elegí callar...

Por más que esconderme intente,
esquivar el dolor, castiga éste destrozando todo...
Mal de mí, mal de nosotros, de los tiempos...
Desatino, distancia, profunda herida.

La palabra hablada, en garabatos, mal escrita,
Sacando hiel, destrozando mi ser...
Noche trágica, desventura, fatídica comedia...
Último acto en el teatro del amanecer...

Corazón? - mentira, mentira todo...
Ya no siento su latido en mí,
Ni me emociona, sofoca sólo
El grito de este sueño que llegó al final...

Rayo de luz agónico, ojos perdidos
Aurora que no llega, deshecha tras los montes...
Llamados, pedidos, promesas olvidadas
Por la ilusión y la fascinación de instantes breves...

Tempestad allá afuera, tempestad aquí adentro...
Correntada, huracanes que empujan a mi barco.
En la niebla, sin fuerzas, yo me rindo
Abatida, agobiada, destrozada, parto...

© Mary Trujillo
Versión en castellano: © Alberto Peyrano
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Lorenzo Yucatán (Brasil)


POESÍA

Fuíste -ahora lo sé- la poesia
Tan clara y bonita como tu tez,
Escrita por Dios y linda con tal demasía,
Para comulgar nuestro amor de una vez.

Eres la rima que cargo en mi alma,
Poesía que funde nuestros corazones...
El bálsamo lírico que me calma,
Además de llenar mi vida de emociones.

La poesía yo veo en tu rostro lindo,
En el dorado de tu pelo con tu cuerpo a tono,
En tu acogida, siempre sonriendo;
En nuestra cama, las sábanas en abandono.

Siento la poesía de mañana, al rayar el día,
Cuando me despiertas para que pueda partir,
Pidiéndome, con voz llena de cariño y armonía,
Nuevamente el amor que hicimos antes de dormir.

La poesía nos pone juntos a la distancia,
He aquí tus versos que nos dan lo lenitivo
Que alivia el dolor de una circunstancia...
¡Poesía es vivir lejos, sintiendo en vivo!

© Lorenzo Yucatán
Versión en castellano: © David Yauri
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Ógui Lourenço Mauri (Brasil)


A LOS QUE SE FUERON...

No, no sé a cual de ellos más me uní,
Ni cual de ellos me da más añoranza;
Sólo sé que jamás volveré a verlos...
No tendré nunca más esa bonanza!

Vi todo tan natural cuando la muerte
los llevó para siempre de mi vida,
hoy siento el dolor, la mala suerte,
pues ya no tengo más su compañía.

Pienso que se fueron disgustados conmigo,
Porque fui indiferente a los consejos dados;
Arrepentido, quiero cobijarme en el abrigo
De las sabias enseñanzas que dejaron.

No consigo consolar mi llanto,
que cada día se vierte más grande.
Dios mío, cómo siento tanto...
La falta de mi madre y de mi padre...

© Ógui L. Mauri
Versión en castellano: © Alberto Peyrano
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